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lunes, 14 de enero de 2013

Palabras mudas




Sucedió durante una de esas tardes veraniegas en la capital, lánguidas y perezosas, cuando solo quedan algunos nativos aún atados a galeras o turistas naufragados anclados a sus cámaras. A D. le gustaba pasear tranquilamente por el centro adoquinado observando paisaje y paisanaje como si fuera una viva pintura costumbrista que latía al compás de los rayos del sol que se retiraban pausadamente por las esquinas. Después de deambular un rato, decidió sentarse en la Plaza del Callao mientras los transeúntes aceleraban sus pasos por las rallas asfaltadas. Entonces llegó él, y con naturalidad se sentó al lado de D., que ya le vio venir desde lejos pues destacaba incluso entre la variedad que arrastraba la marea humana que les rodeaba. Era alto y delgado como un ciprés, largura acentuada por una especie de túnica blanca que vestía y le llegaba a los pies enfundados en unas sandalias romanas. Su cara enjuta se escondía detrás de una larga barba y cabellera blancas como cumbre de montaña rematada por el cielo de unos intensos ojos azules que escrutaban desde las alturas con curiosidad y profundidad. D. miraba a su compañero de banco con un asombro y curiosidad que debieron ser bastante evidentes porque el extraño personaje le ofreció su mano alargada y huesuda  como saludo. Con perplejidad D. la estrecho y pronunció algunas palabras corteses a cambio pero la única reacción de su compañero fue acudir a una bolsa de lana que portaba y sacar un manojo de lápices y bolígrafos, además de un cuaderno que hizo las veces de portavoz porque, asombrosamente, su dueño no pronunciaba palabra alguna, todo quedaba registrado por escrito .Y así es como empezaron una peculiar conversación, D. hablaba y el barbudo escribía, además de una forma no menos extraña, sus líneas comenzaba en una esquina del cuaderno y terminaban en la diagonalmente opuesta o tomaban la forma de una espiral excéntrica o caminaban por los bordes rectilíneos del cuaderno o se cruzaban compartiendo una palabra, además cambiaba de color para las diferentes palabras y acompañaba todo de bellos dibujos de hojas de hiedra, flores y otros motivos como si de un miniaturista medieval se tratase. Por su puesto D. le preguntó por su nombre y la razón por la que se comunicaba así, pero solo le respondió que no importaba su nombre sino sus actos y palabras y que podía hablar como cualquier persona pero que un día también cualquiera decidió hacerlo de esta otra forma porque impregnaba más la realidad. Así transcurrió un diálogo muy fructífero, comentando entre lo divino y lo humano, cuando la noche se les echó encima y D., entre tocado y aturdido, pensó en despedirse. Se disponía a ello cuando, adelantándose, su nuevo amigo rompió todos sus esquemas invitándole a cenar en su humilde morada. Una riada de pensamientos invadió a D. en ese momento destacando sobre todo esa desconfianza que las personas suelen tener como la capa de óxido que se forma en los viejos buques al cruzar los océanos .Sin embargo siguió una especie de corazonada repentina y, aún con precaución, aceptó la invitación. Así dirigieron sus pasos al barrio de Malasaña, él siguió conversando de una forma más distendida, escribiendo en un periódico gratuito que llevaba en la mano o con su dedo en el polvo de los coches con los que se cruzaban y saludando a personas de su barrio que le respondían con cordialidad.
Finalmente llegaron a su portal en el que le estaba esperando su pareja, una mujer de raza oriental de mediana edad. Hablaron por gestos y la mujer sonrió e invitó también a pasar a D. que no salía de su asombro. Siguieron por un pasillo de innumerables puertas al lado de un patio interior con multitud de ventanas hasta llegar a la adecuada, abrieron y pasaron, no sin antes quitarse los zapatos a la entrada. Era un pequeño piso con 3 habitaciones, salón, cocina y dormitorio, D.se dio cuenta de que no había un televisor presidiendo el salón y si una librería antigua con multitud de libros y cuadernos apilados ordenadamente haciendo hueco a una vieja cadena de música. De forma ordenada y metódica la pareja anfitriona colocó una bonita y gruesa alfombra de motivos geométricos en el suelo indicando a D. que se sentara cómodo en ella para disfrutar de la cena en su compañía. La mujer trajo una ensalada de frutas con sésamo esparcido y para beber té servido en la mitad de un coco que amablemente se pasaban de uno a otro mientras conversaban con tranquilidad de muy variados temas, entre ellos, por ejemplo, para que nadie necesitaría medallas si realmente las merece.
Terminada la cena, los anfitriones con la rapidez del hábito recogieron todo y mientras que su nuevo amigo mudo invitaba a D. a conversar en el sofá, la mujer se retiraba a dormir dando las buenas noches. Entonces el silencioso escritor sacó su más precioso tesoro, alargando la mano a la estantería empezó a sacar cuadernos con su extraña y maravillosa escritura pidiendo a D. que se fijara en un detalle y es que tenían estampadas las firmas de multitud de personas de todo el mundo, Helsinki, México, Granada, Nueva York, Barcelona…que habían pasado ya por su casa invitadas y que habían estado en la misma situación en que ahora estaba D. Ahí estaba recogida una amalgama vibrante, espontánea y variada de pensamientos a los que una multitud de personas habían contribuido. Y sin más tardanza abrió una nueva página con el nombre y origen de D., escribiendo una idea y enseñándosela a continuación, siendo respondida como supo y que el viejo amanuense a su vez recogió y  volvió a contestar. A veces pedía a D. que leyese un párrafo ya escrito hace tiempo lo que daba lugar a una nueva conversación.D.se dio cuenta de que había trozos escritos en castellano y otros en inglés y que, además, a veces confundía el uso de los verbos ser y estar por lo que le preguntó si era de origen anglosajón a lo que respondió nuevamente que no tenía importancia, que las ideas no tenían nacionalidad. En otro momento cogió una foto en la que aparecían unos desconocidos en un concurso de a ver quién comía más comida y empezó a escribir sobre ella de la misma manera pero de forma más crítica. Cuando casi no hubo más espacio, recortó una esquina  y pidió a D. que escribiera un deseo, guardando ese triángulo sin mirarlo dentro de un sobre en el que había otros muchos. También poseía un biblia muy ajada y manida, comentada y criticada por él en sus márgenes con palabras de muchos colores que destacaban del fondo negro y blanco de sus finas páginas. A veces quería comunicar algo rápido  y  hacía como que escribía algo en su muslo con el dedo, pero D. no conseguía pillar la estela de esas letras invisibles y finalmente lo tenía que escribir en un trozo de papel que rápidamente desechaba. Así transcurrieron las horas como en un sueño a la vez lúcido y extraño, donde el tiempo pasaba a la vez lento y como el rayo, donde nada parecía real o, más bien mucho más real que lo cotidiano. La luz de un nuevo día empezó a colarse por debajo de la puerta y el sabio mudo dio por finalizada la velada. Con la misma cordialidad de siempre se despidió de D. escribiéndole las últimas palabras e indicándole que era bienvenido si quisiera volver, solo o con un amigo. D. notó la cerradura dar vueltas a su espalda y salió con una extraña sensación a la calle. No sabía dónde se encontraba, estaba cansado y somnoliento, tenía la sensación de que en cualquier momento despertaría de ese enrevesado sueño y se reiría de sí mismo. Pero notó algo en su mano, eran la fotografía y una cuartilla de papel escrita que el sabio mudo le regaló antes de irse. D. juntó todas sus fuerzas para buscar una entrada al metro.

domingo, 4 de julio de 2010

“Homo homini lupus”


“Homo homini lupus”… siempre que encuentro  esta locución latina recuerdo a mi abuelo. Con esto no quiero decir que le fuera aplicable, todo lo contrario, era un hombre de aquellos de los que se podía decir que era bueno por naturaleza a pesar de la escasa formación académica que recibió, como les ocurría a las mayoría de los niños hace no tantos años que solo venían al mundo como fuerza de trabajo familiar. A pesar de esto mi abuelo no era un ignorante, ni mucho menos, empezó trabajando a los siete años como zagal para un pastor  y aprendió el oficio con soltura, llegando a conocer a todo lo que crece ,nada o vuela en el raso. Pasados los años llegó a formar su propio rebaño y fue muy conocido en su trashumancia por la comarca. Dado su carácter jovial siempre era bien recibido en todos los fuegos, sacaba su flauta de hueso y cantaba antiguas canciones aprendidas de sus antecesores en una de las profesiones más antiguas del ser humano .En sus melodías revivían legendarios guerreros, atroces villanos, ninfas de  perdición, trasgos caníbales y brujas heréticas. Además siempre fue honesto en su fuero más profundo lo cual se manifestaba en todos sus actos exteriores, ningún tratante de ganado tuvo pleito con él y si alguno lo tuvo, lo perdió con vergüenza. Sin embargo le ocurrió algo que cambió profundamente su carácter  volviéndose melancólico  y taciturno, buscaba premeditadamente  la soledad dejando de frecuentar el calor de las fogatas y de sus semejantes. Todo el mundo se preguntaba por ese cambio radical y  los chismes, cotilleos y  cuentos silbaban a las espaldas de mi abuelo pasando a formar parte, con los años, de su misterio. Solo yo conozco la razón de la honda transformación ya que me la contó él mismo. En ese momento lo tomé como uno de tantos cuentos e historias con los que siempre me tenía absorto y pegado a él pero con el tiempo llegué a comprender el alcance de esa experiencia  y que quizás quisiera desahogarse con su querido nieto.
Todo empezó hace mucho tiempo, en un año  especialmente duro  el invierno  clavó sus garras sobre el páramo con saña y persistencia  alterando el curso normal de cosechas y animales.  En esos tiempos no había excusa posible y mi abuelo, recogiendo su rebaño, comenzó la trashumancia hacía la inhóspita Sierra de La Culebra. Al final de uno de esos solitarios días vio como empezaban a caer pequeñas esquirlas de cristal que brillaban ante los guiños de un sol fantasmal. Previendo una noche de blanca mortaja buscó un lugar mínimamente seguro para él y su numeroso rebaño eligiendo una zona de peñas que sobresalían someramente cubiertas de raquíticos arbustos aquí y allá. Se embutió en su pelliza de piel de oveja e intentó conciliar el sueño en vigilia de los pastores pero cuando empezó a sumergirse en él unos ruidos se le acercaron aprovechando la quietud congelada. Cauteloso decidió asegurarse de su origen y cogiendo su escopeta se dirigió a donde parecía provenir. La  luna llena parecía pulir la nieve recién caída como la plata dando un aspecto de ensueño a ese escenario, todo parecía resplandecer en éxtasis frío por lo que pronto descubrió de que se trataba: entre las peñas peladas había una lobera escavada y a sus pies una loba muerta, dentro un lobezno  asomaba el hocico aullando al espejo congelado de la luna por su madre que seguramente se atrevió a bajar a un pueblo azuzada por el hambre y allí la hirieron, encontrando la muerte de vuelta junto a su cachorro. Mi abuelo  consternado cogió un garrote para dar fin al sufrimiento del lobezno, pero  en el último momento, sin saber muy bien porqué, se compadeció del animal. Soltó el garrote y recogiéndolo, lo metió dentro de la pelliza de cordero junto a él y así pasaron la noche. Decidió criarlo como a uno de los tantos perros que tuvo, de cachorro le alimentaba con leche y carne de cordero y al cumplir el año empezó a enseñarle cómo cuidar el rebaño obedeciendo sus órdenes. Así  es como fue conocido “Cura” en toda la comarca, ese fue su nombre ya que tenía una mancha blanca alrededor del cuello, lo cual muchas veces provocaba la murmuración a los cielos de los religiosos que se cruzaban con ellos. Cura era mucho más diligente y fiel que muchos perros pastores para gran sorpresa del personal que esperaba a la bestia sedienta de sangre de los cuentos. Sin embargo, el resto del tiempo actuaba como un perro faldero, siguiendo a mi abuelo a todas las partes, escuchando su flauta como si disfrutase de su música e incluso acompañándole en ocasiones con sus aullidos. Los niños se acercaban para acariciarle y poder presumir de haber domado a un lobo y los adultos para intentar salir de su asombro e incredulidad. El tiempo  pasó sin ningún percance hasta una noche fatídica.
En esa ocasión mi abuelo dejó el rebaño en un redil y se fue a dormir a una cabaña que tenían los pastores en el monte. Quizá fueran sus años que ya le pesaban o quizá la gran confianza que tenía puesta en Cura se dejó raptar por un profundo sueño esa noche. El despertar fue abrupto, como si una amenaza se cerniera sobre él y sin calzarse totalmente su cuerpo agarró la escopeta  en un acto reflejo y salió al redil contemplando una carnicería dantesca. Cuerpos mutilados y sanguinolentos de ovejas  yacían esparcidos por doquier. El resto del rebaño le miraba con ojos de testigos ignorantes y mudos, como si nada fuera con ellos. Y en medio de todo el caos…la bestia…Cura  se mostraba exultante y orgulloso  con las fauces  y el resto del cuerpo chorreando de sangre y vísceras. El pastor, un hombre afable y tranquilo por naturaleza sintió una rabia apoderarse de él al ver que la naturaleza de la bestia no se podía cambiar. Alzó su escopeta y apenas sin apuntar disparó a bocajarro a Cura, que murió rápidamente por el impactó en su sonriente cabeza. Mi abuelo se maldijo mil veces por haberlo recogido esa noche blanca y comenzó con frustración a limpiar esa traición carnicera. Hizo un gran fuego donde comenzó a quemar los cuerpos de las ovejas muertas antes de que se pudrieran pero cuál fue su  asfixiante sorpresa al encontrar los cuerpos de otros tres  lobos muertos  por las dientes y garras de otro lobo entre todo ese amasijo de carne y sangre.
Mi abuelo me cogió de la mano y me dijo con voz trémula mirándome fijamente a los ojos:”Desde ese momento, hijo, dejé de ser persona…dejé de ser persona… ¿quién es realmente el animal?”.

sábado, 3 de julio de 2010

Tatuaje


Recibí el encargo a través de Malatesta, por lo que deduje que debía ser algo con una entidad y dificultad a tener en cuenta, ya que mi colega a la vez que rival no se rendía fácilmente. Según él era uno de sus clientes más poderosos, con influencias y conexiones en política, economía y otros sectores .Poseía una importante colección bibliófila de ejemplares de todas las épocas, conseguidos tanto por medios legales como por otros menos ortodoxos, mi experiencia me decía que era el típico hombre cuya riqueza material era tan desmesurada que creía haber pasado a otro estadio de la evolución, pero para mi solo era un cliente más, otro niño que quería otro cromo extraño para su colección a toda costa.
Me dirigí a su cuartel general, uno de esos laberintos de espejos ubicado en la zona financiera de la capital del reino y tras pasar varios controles de seguridad donde revolvieron con minuciosidad mi vieja cartera de cuero rogaron que me sentara en una especie de lujoso despacho. Al poco apareció mi patrón, era ese tipo de hombre que extrañamente parece más alto, no, más alargado que su propia sombra, cuya torcida delgadez estaba en consonancia y vestido con un traje de rayas que acentuaban esa sensación. Tenía el pelo cano y usaba unas pequeñas gafas que llamaron mi atención, parecían sacadas de otra época, como esos quevedos antiguos que en dibujos vemos al propio Quevedo. Con una voz firme y asonante se dirigió a mí.
-Señor, supongo que conoce el objeto del asunto que nos trae aquí.
-En realidad no. Mi colega Malatesta prefirió que lo hablara con usted, pero deduzco que debe ser un asunto dificultoso.
-Bueno, según se mire, amigo, si me permite esta consideración pues sé que los dos somos amantes fieles de esta obsesión bibliófila lo cual nos hermana de una manera que solo nuestros cofrades podrían apreciar .Por eso no quiero impacientarle, iré directamente al meollo. Supongo que conoce la historia de Federico Hernández.
-¿El poeta y escritor maldito? Sé lo que todo el mundo conoce, es uno de los escritores y poetas más importantes de nuestra época, ¿o debo decir fue?, se perdió su pista en sus viajes por oriente cuando cayó en una espiral de decadencia y autodestrucción.
-Sí, eso lo conocemos todos, amigo, pero me refiero a sus libros desconocidos.
-¿Sus libros desconocidos?, solo son habladurías, la leyenda negra que queda tras su muerte.
-Sé de forma fehaciente que no es leyenda, desconozco si Federico Hernández sigue vivo pero sus libros de poemas existen y tienen la facultad de embelesar, excitar e iluminar de una manera análoga al estado al que llegaban los místicos religiosos.
-¿Como sabe todo eso?


Mi patrón me miró a los ojos, y sonrió maliciosamente, como quien conoce la respuesta a todas las preguntas. Sin mediar ninguna palabra más alargó su mefistofélica mano que estreché en señal de tácita aceptación del encargo sintiendo un escalofrío electrizante, como quien está a punto de tocar la materia con la que se fabrican las leyendas. Sin mediar más palabras me retiré por esos maratonianos pasillos de luces y sombras oyendo a lo lejos su voz como si de un pozo oscuro saliese:
-¡Sobre todo no recite el poema, no lo viva, no lo agonice!
Salí con esa extraña sensación que hace mucho tiempo no experimentaba después de haber vivido tantas experiencias peculiares en mi trabajo y con una prueba material de que no había sido un sueño o pesadilla: un papel arrugado en mi mano y una dirección lejana, muy lejana.


Me encontraba en el aeropuerto de Hong-Kong esperando a que me recogiesen. Ese trozo de papel que me pasó con el apretón de manos me condujo a este destino que había visitado alguna vez pero solo de paso, debido a que es utilizado por muchas redes de contrabando incluidas las de antigüedades.
Unos tipos con aspecto de matones de películas malas de kung-fu me llevaron a un hotel de mala muerte donde esperé matando las horas, lo cual no deja de ser una expresión muy bravucona, revisando mis notas de investigación .Todo este misterio me recordaba esos raros ejemplares eróticos y morbosos cuyo origen estaba en el siglo pasado pero que llegaban incluso a este, por ejemplo los encuadernados con la piel de la amada. Me vino a la mente el ejemplar de Emile Flamarion, director de observatorio de París, encuadernado con la piel de los omóplatos de su joven amante, una baronesa que murió repentinamente a edad muy temprana de tuberculosis. También existe otro ejemplar donde la amada dejó la piel de sus pechos a su amante para que encuadernara el libro preferido de ambos y así se puede apreciar en el pezón de la cubierta.
Entre divagaciones más o menos truculentas pasé el día hasta el anochecer, cuando mis nuevos amigos vinieron a buscarme, llevándome a un oscuro almacén que era solo una tapadera pues tras varias puertas laberínticas llegamos a una amplia y lujosa sala de columnas orientales, llena de alfombras con intrincados diseños, esculturas de dragones y genios, lámparas de seda y altares de incienso. Me dijeron que esperase pues el libro llegaría rápido. ¿Sería este lujoso lugar donde nuestro gran poeta perdió su vida? Solo espero que no lo sea para la mía.
Estaba sentado al estilo oriental por respeto a mí desconocido anfitrión cuando noté que la piel se me erizaba y un embriagador perfume llegaba hasta mí. Las sombras se revolvieron como humo de incienso movido por una suave brisa y apareció ella, el ser más maravilloso que jamás mis ojos podrán adorar .Esas sombras parecían formar parte de ella, la seguían, envolvían y acariciaban su piel tersa y tensa, cuya blancura resplandecía ante la escasa luz de las lámparas de seda, pero al acercarse me percaté de que en realidad todo su cuerpo estaba tatuado con intrincadas imágenes, símbolos y grafías que en parte reconocí como muchas de las lenguas de la tierra. Se acercó a mí con una elegancia lánguida y sinuosa susurrándome: poséeme, léeme, escribe sobre mí. Mientras me quitaba delicadamente la ropa besaba mi piel con mucha delicadeza y sentía que sus huellas incendiaban cada centímetro de mi ser de manera que antes pudiera haber dicho que había vivido entumecido desde que nací.
Acerqué mis ardientes labios a los suyos uniéndonos en un solo palpitar mientras ella se aferraba a mi como si tiras de hermosas palabras me envolvieran y acariciaran. Empezó a besarme en toda la cara mientras escudriñaba cada ángulo, curva, comisura, como si guardara todos esos detalles en lo más profundo de si. Sus ojos de azogue parecían la fuente de la que manaban todas las palabras de su cuerpo y reflejaban el objeto de su oscuro deseo. La acaricié siguiendo sus símbolos, runas, kanjis al ritmo del tambor acelerado de su corazón y terminando en sus turgentes y abundantes pechos. Me los ofreció mientras acariciaba mis cabellos y me alimenté de ella, lamiendo sus lúbricos pezones que se tornaban pétreos al contacto con mi lengua. Seguí mi viaje hacia el centro del mundo, su ombligo, que temblaba al paso de mis caricias húmedas. Se tumbó para ofrecerme su oscuro ángulo, espiral negra de todo mi anhelo, mi deseo vehemente, del cual bebí su ofrenda, la miel más deliciosa que jamás me ofrecerán, sintiendo sus descargas y espasmos al paso de mi lengua. Introduje mi dolorida carne por la erección que experimentaba en ella, que se arqueó cerrando sus poderosas piernas en tono mío y, a la vez abriendo todo su ser a mí .En ese infinito momento la recité pasando a formar parte de su ser, de su carne, de su sangre, y de la tinta que formaban sus palabras que a su vez constituían su esencia. Me hundí en sus oscuros ojos como quien deja todo para abandonarse al principio del que venía, del que venimos todos. Derramándome en ella nos fundimos en un abrazo de tinta y sangre para siempre.

La feria




Me he olvidado la cartera en casa, tendré que volver a subir por si me apetece comprar algún libro aprovechando que su autor esté firmando ejemplares. En realidad no es que me importe mucho la posible dedicación tan cariñosa y a la vez tan impersonal de la rúbrica como su forma en la que siempre intento adivinar la personalidad, sentimientos, gustos de su autor y si se corresponden con sus ideas en la letra impresa .Es un pequeño juego que siempre he realizado en secreto sabedor de que posiblemente cree otro autor en mi cabeza paralelo al real, pero ¿acaso no lo hacen todos?

Encuentro la cartera, pero suena el teléfono, por el número es Silvia, después de dejarme hace un mes...prefiero no cojerlo porque me pasaría otra tarde encerrado a oscuras, con mi botella y mis pastillas así que huyo escaleras abajo de alguien cuyas pisadas suenan a toques de teléfono cada vez más lejanas.

Es una tarde de asfalto caluroso en la gran ciudad, aunque las sombras ya asoman por las esquinas y la gente como animales temerosos del sol salen de sus madrigueras a disfrutarla. Pensando en madrigueras bajo al metro que, por supuesto, a estas horas es una marea rompiente de rostros de todo tipo, pensantes, agobiados, amables, vacios,…no conozco la razón pero me gusta sentarme mientras espero mi caballo de hierro subterráneo a verlos pasar e imaginar, a veces, una pequeña historia de cada uno.
No me refiero a cotillear si no a imaginar vidas reales con sus grandes pequeñas alegrías y decepciones con solo fijarme en algún pequeño detalle que llame mi atención. Pero hoy no hay tiempo porque mi tren llega y no me presta. En un breve galope llego al llamado pulmón de la gran ciudad, (de ser así debe ser un pulmón con fibrosis quística), donde este año, como todos, se celebra la feria de libro.

Todos los años acudo, en el fondo para volver a sentir esa sensación que tenía cuando era pequeño y mi padre me traía prometiéndome una gran aventura. Recorríamos toda la zona entre caseta y caseta como quién descubre la isla del tesoro y se lanzaba a explorar la playa, la selva o la cueva del cofre, al menos es como me hacía sentir mi padre, como si fuera un juego maravilloso que compartíamos como algo muy nuestro, me iba relatando historias sin igual de mil y un valientes aventureros ,de damiselas más o menos aguerridas, de malos malvadísimos, de lugares perdidos en la memoria y me hacía pasar la mano por los cantos de esos volúmenes como quien pasara las manos por el mapa del tesoro o la tersa piel de la amada. Al final venía la gran recompensa y es que podía elegir uno de entre tantos, cosa difícil para mi dada toda la ilusión y expectación causada durante el juego. Al volver cada año, de algún modo, siento que me vuelve a coger de la mano y que volvemos a jugar, pero sobre todo que estamos juntos.

Me acerco dando un paseo tranquilamente, echando una ojeada. No hay demasiada gente ya que no es aún fin de semana y aun no han venido en masa a comprar los best-sellers por lo que puedo coger tranquilamente un ejemplar con una portada llamativa y cuando levanto la vista estás tú.
Estás tú con tu pelo de media melena estilo años 20, negro cual ala de cuervo, con tu vestido estampado que choca con tus botas y cinturón estilo militar, arrastrando ese bolso viejo donde pareces llevar abastecimiento para toda una semana. Tus verdes ojos rasgados están leyendo un cuento que tienes entre las manos a un niño rubio que se acercó casualmente, y con el cual compartes una gran sonrisa cómplice. Con un beso en la mejilla das por pagada tu labor y te diriges a otra zona donde sigues escudriñando con interés.
Te sigo inconscientemente, como una sombra podría seguir a su ama pero a la que no puede tocar más que arrastrada pegada a sus pies. Estás hojeando un libro de poesía y aunque no consigo distinguir al poeta se me pasan ideas locas como la fortuna del poeta al ser leído por ti, y maldigo mi mala suerte por ser tan negado escribiendo, y sobre todo cosiendo versos, pero no sé que ideas se me pasan por la cabeza, si ni siquiera te conozco y estoy deseando ser poeta…Coges otro y comienzas a leer algunas páginas que parecen absorber más y más tu atención, mientras yo para disimular simulo que estoy leyendo otro, pero en realidad solo quiero leerte el que tienes en tus manos, con calma, sin que el tiempo nos reclame por unos instantes su tributo. Con mucha decisión abres rápidamente tu mochila-bolso con la intención de sacar la cartera para pagarlo, quieres que sea tuyo a toda costa pero buscas y rebuscas en tu inventario y no encuentras los doblones de oro. Me digo una y otra vez que tengo que ofrecerme a regalártelo, que deseo que lo tengas, porque es una cuestión de justicia poética, porque hay libros que están inexorablemente unidos a determinadas personas, porque por una vez exista la magia pero a pesar de todas estás justificaciones la realidad es que lo único que deseo es que sepa que existo. El librero nervioso opta por su vena más mercantil y retira el libro de sus manos temeroso de un futuro robo. Aceptas resignadamente el requiso y te retiras apesadumbrada arrastrando las rimas asonantes por las baldosas.
Como un idiota espero unos segundos para que no relacionen lo ocurrido contigo y compro el libro que siempre te había pertenecido. Corro a tu encuentro pero no consigo verte, me mezclo con los paseantes intentando reconocer tus pasos, incluso me subo a una de las farolas oteando si está cerca la salvación pero ocurre todo lo contrario, unos policías mosqueados se acercan y me piden la documentación perdiendo un valioso tiempo.
Recorro todas las esquinas y dobleces de la feria, cada vez con mayor pena y rabia pero también con una progresiva lentitud parecida la luz de la llama de una vela que está a punto de consumirse.
El día está muriendo y yo siento que muero un poco también al ver cerrar todos los puestos y la gente retirándose a sus hogares .Te esfumaste como una de las grandes ilusiones de cuando era niño, llena de promesas, aventuras, lugares perdidos en la memoria solo que esta vez seguramente era por mi culpa. Dirijo lenta y pesadamente mis pasos a casa como un alma en pena y siento que me acompaño desde fuera como si fuera una cáscara vacía .Al llegar al hogar me preparo una copa ,me desplomo sobre el sofá a oscuras y pienso en el año siguiente por estas fechas cuando la ilusión volverá y probablemente con ella tú.

Las tres pruebas


Solo Dios era al principio y Él estará en el fin de todo, verdad única del mundo. Teniendo en cuenta esta Suma Premisa dejo en sus Santas Manos el juicio del testamento que a continuación voy a plasmar en estos pergaminos, siendo la razón de esta confesión la limitada naturaleza con que el Altísimo dotó a los hombres, para que estos conozcan mi historia, de cómo llegué a abad de este monasterio, y juzguen con su justicia, ruego ayudados por la luz divina.

Corrían los tiempos de la III Cruzada contra el infiel para arrebatarle la Santísima Jerusalén de sus manos. Nuestro Rey Federico luchaba en esas tierras lejanas frente al fiero rey de los infieles, Saladino, cuando yo era un monje más de este monasterio, dejado a sus puertas de recién nacido, fui criado y educado por los monjes hasta que llegado a cierta edad me propusieron entrar en la comunidad y acepté con gran alegría y humildad. Todos los hermanos vivíamos en armonía con plena adoración a Dios dirigidos por nuestro venerable abad, que en los cielos descansa. Pero Él quiso reclamarle con prontitud y así en su lecho de muerte manifestó su última voluntad:”Antes de dejaros para acudir ante el juicio del Señor desearía tocar con mis manos la Tierra Santa que Él pisó”.Ante esta declaración los mayores deliberaron y tomaron una decisión:”Dos de los nuestros serán dotados de los medios necesarios, viajaran a tierra santa y regresaran con varios puñados de la misma, es lo menos que podemos procurar a nuestro santo padre”.

La noticia se propagó como la luz del alba por todo el monasterio, una atmósfera de curiosidad, incertidumbre y tensión se apoderó de todos nosotros. Se declaró día de ayuno y todos nos retiramos a nuestras celdas pronto para meditar. Me acuerdo perfectamente de esa noche....estuve orando durante toda ella, rogando a Dios que nos iluminara, pero fue al alba cuando recibí la revelación de Nuestro Señor:”Porque pides tú algo que tú puedes dar”.Fue tan claro como la luz matinal que entraba por el ventanuco de mi celda y así fue como rogué a nuestros ancianos que me permitieran participar en tan peligroso y santo viaje. Los Ancianos se retiraron a deliberar y la decisión fue tomada al día siguiente, además de quien seria mi hermano y compañero de viaje, que como todos sabéis fue Teofilo que Dios tenga en su gloria. Pidió también con fervor realizar tal viaje, ya que, según él, si Dios no quiso que él guerreara con su noble padre, el Barón, como su hermano mayor, al menos le sirviera en esta ocasión. Así cuando todo estuvo listo partimos uno de los días en que las nieves estaban prácticamente fundidas.



Nuestra primera meta fue la ciudad de los mercaderes, Venecia, cuyos santos patrones son el oro y la plata y donde hasta las piedras del camino están tasadas. Allí tratamos con un mercader que nos introdujo en la tripulación de una nave que se dirigía hacia oriente por la ruta de la seda, nuestra presencia fue muy agradecida debido a que los marineros confiaban en ella para que los ojos de Dios se fijaran en nosotros y nos protegiera de tempestades y de los piratas, cosa que ocurrió en el primer caso, no ya en el segundo, sin embargo no hubo incidentes gracias al rescate que pagamos. El viaje transcurrió sin más percances finalmente arribando sanos y salvos en el legendario puerto de Constantinopla. Por las historias que habíamos oído a viajeros esperamos ojos suspicaces y caras hurañas al ver nuestros hábitos ,sin embargo nuestra sorpresa fue tamaña al comprobar que hasta los mismísimos infieles se perdían en la inmensa masa de colores ,olores y sabores que conformaban tal Babel, cuanto menos se fijaron en nosotros mismos ,cosa que nos favorecía y protegía. Pasamos varios días en tal augusta ciudad buscando con recelo una caravana que se dirigiera a nuestra meta. Tras muchas caminadas, muchas palabradas y muchos oros la única opción fue una caravana dirigida por un cacique infiel y así misma compuesta en su mayoría por mercaderes mahometanos. Nuestras reticencias fueron muchas pero viendo que posiblemente fuera nuestra única posibilidad en mucho tiempo y que mi hermano no se decidía acudí ante el cacique y nos inscribí desembolsando la elevada suma pecuniaria. Teofilo enfureció cuando conoció de tal acto, estaba convencido de que los infieles aprovecharían cualquier oportunidad para asesinarnos y robarnos. Sin embargo traté de razonar con él, de que Dios estaba poniendo a prueba nuestra fe ofreciéndonos esta única solución .Tras mucho discutir, finalmente accedió, no sin antes advertirme que cualquier decisión que yo tomara por los dos provocaría su separación y cumplimiento de la misión por separado.

Así nos unimos a la caravana, emprendiendo el camino a través del desierto. La caravana formaba una comunidad donde el rey supremo era el cacique ,su palabra era ley y cualquier desobediencia podía conllevar graves castigos o incluso la muerte, cosa que por otra parte otorgaba muy fácilmente el desierto, siendo este para mi el lugar más parecido al infierno en la tierra. Solo esos extraños animales, los camellos, habiéndolos de una joroba o dos, parecían no sufrir tanto, pero tanto mi hermano como yo padecíamos grandemente, nuestras gargantas abrasaban y nuestras ropas no parecían las adecuadas .Cierto día topamos con otro de los peligros del desierto, unos bandidos embozados en trajes negros que al igual que los piratas del mar exigieron un peaje, y es que, en verdad ,así era el desierto ,un mar de olas arenosas y nada más, un mar que nos conducía a un futuro incierto pues las jornadas transcurrían y no llegábamos a nuestro destino, ni siquiera a un oasis donde repostar. Los hombres empezaban a inquietarse y comenzaban a surgir rumores de deserción. Y así ocurrió, una noche un grupo de hombres robó provisiones y camellos y huyeron rápidamente. A la mañana siguiente el cacique decidió perseguirlos, durante dos jornadas estuvimos tras su pista encontrándolos finalmente y librándose una fiera batalla de la que surgimos vencedores, no sin altos costes, los hombres y bestias estaban extenuados y las provisiones muy mermadas .El ambiente estaba crispado, el temor se apoderó de todos siendo lo único que ataba el palpitante caos que parecía avecinarse. Mi hermano me propuso abandonar la caravana y unirnos a otro grupo de desertores que ya habían planificado la huida .Mis dudas fueron creciendo a medida que se acercaba la fatídica noche, así que la tarde anterior acudí ante el cacique y confesé todo el plan, este hizo las comprobaciones pertinentes apresando a los integrantes de tal grupo y condenándolos a muerte, a excepción de mi hermano, perdonado por el cacique gracias a mis súplicas. A la mañana siguiente fueron ejecutados siendo enterrados hasta la cabeza y abandonados ,no sin antes de que el cacique se dirigiera a mi: “Escucha y no te arrepientas de tus actos, si no lo hubieras confesado, la traición la hubieras cometido tú mismo contra todos los hombres de esta caravana pues sin unión moriríamos todos, tan cierto como que Alá es el único Dios y Mahoma su profeta”.Así fue como creo nos salvamos por que conseguimos llegar a nuestro objetivo, Damasco, aunque a un alto precio, a partir de ese momento Teofilo se distanció enormemente y sabiendo que caminaba a mi lado estaba completamente convencido de que hacía su camino en solitario.





Damasco estaba tomada por los cruzados, lo que nos dio cierto alivio y descanso. Repostamos y continuamos nuestro camino, esta vez en solitario. Los caminos parecían tranquilos y así avanzamos con rapidez y ligereza. Cierto día llegamos a un ancho y caudaloso río, comprobando que no podíamos cruzarlo decidimos seguirlo hasta que encontráramos la manera de hacerlo. Al avanzar en unas horas oímos un sollozo, nos adelantamos rápidamente y vimos que era una muchacha llorando desconsolada en la orilla del río .Todavía recuerdo la belleza de tan esplendoroso ser ,su cara era la de un ángel y sus ojos eran lo más bello que mi cansada mente puede recordar. Algo perturbador se apoderó de mi cuerpo y de mi mente, una ardorosa sensación que recordaría más veces en mi vida pero no de una forma tan intensa. Teofilo se le acercó y la interrogó, necesitaba cruzar el río para acudir a un galeno que salvara a su madre enferma pero debido a su constitución no podía. Yo recomendé a Teofilo dejar a la muchacha en manos de Dios y continuar con nuestra misión pero él apelando a la misericordia de Cristo cogió a la muchacha en brazos y empezó a cruzar el río. Mis improperios fueron varios, le pedí que no lo hiciera, que regresara inmediatamente pero finalmente llegó a la otra orilla y con la rabia que se apoderó de mí, hice lo mismo. La muchacha nos dio efusivamente las gracias y despareció rápidamente en busca del sanador, con mis bendiciones y mi consiguiente alivio. En estos momentos de senectud comprendo mi mala acción y ruego a Dios por mi alma y doy gracias a Teofilo por hacer algo que yo también debí hacer.





Tan cercana nuestra meta continuamos con ansias y renovadas energías. Por el camino nos encontramos con caravanas de soldadesca que nos informaba de las cruentas batallas que se libraban más adelante, nos aconsejaban que diésemos media vuelta o que, al menos, esperásemos la victoria del ejército cristiano. Ante nuestra negativa, nos pedían la bendición y continuaban su camino. Cansados por nuestro viaje ,avistamos un pueblo y acercándonos a él para descansar contemplamos el verdadero horror del infierno en la tierra, mucho peor que el desierto , campos regados por la sangre y carne de multitud de cuerpos humanos ,guerreros de ambos ejércitos muertos devorados por las alimañas, cuerpos quemados hasta ser solo esqueletos negruzcos, mujeres y niños abrazados y ensartados juntos , mujeres violadas y asesinadas, animales muertos sin sentido poblados de moscas y las tierras saladas y baldías. Dios, Nuestro Señor, ¿tanta muerte y sufrimiento es necesaria para que tu tierra descanse en paz?, mis días están cerca y aun esa tierra, a la cual Jesucristo trajo la buena nueva de la paz, sufre de la más horrorosa de las pestes, la guerra. Trastornados por tal visión abandonamos ese lugar, y ya no volveríamos a ser los mismos. Por fin, a los pocos días llegamos a las cercanías de Jerusalén, el campamento del ejército cristiano la sitiaba y nada ni nadie podía pasar sin su consentimiento. Preguntamos por el Señor que nos permitiera pasar, remitiéndonos al Conde Osvaldo, cuya tienda destacaba sobre muchas siendo fácil de encontrar. Pero de nada sirvieron nuestras súplicas, Osvaldo nos negó todo salvoconducto, según él por razones bélicas y porque no quería cargar sobre su conciencia la muerte de otros dos sirvientes de Dios. Fuimonos con angustia y desesperación de la tienda ,tanto camino, tantas dificultades, tanto sufrimiento...total para volver con las manos vacías...la muerte del abad estaba cerca y el tiempo corría en nuestra contra...Finalmente caí en un estado de melancolía pasiva, ya no me importaba nada que pudiera ocurrir ,solo quedé como un espantapájaros en medio del campamento. Llegó la noche y como despertando de una pesadilla me percaté de la ausencia de Teofilo, le busqué por todo el campamento infructuosamente, pregunté a todo el mundo pero nadie supo decirme nada. Llegó el alba y de entre las noticias de los centinelas me enteré del fin de Teofilo, intentando cruzar las líneas enemigas había sido atravesado por la saeta de un soldado cristiano que lo confundió con el enemigo. Nada peor podía ocurrir ya, la misión encomendada incumplida y mi querido hermano muerto en un acto de valentía, que Dios le tenga por siempre consigo. Abatido y angustiado decidí volver a mi tierra y a mi monasterio, para comunicar nuestra derrota y todos los males acaecidos, pensando en rogar por mi perdón el resto de mi miserable y poco valiosa vida.



El camino de regreso fue lo menos riguroso para mí, la carga que llevaba sobre mi conciencia hacia que todo lo demás no me importara. Así, solo y maltrecho llegué a mi tierra de nuevo. Faltando una jornada para llegar al monasterio una nueva fuerza se abrió en mi interior, no podía dejar que nuestro viaje y la muerte de Teofilo fuera en vano y asumiendo todas las consecuencias cogí varios puñados de tierra y los metí en mi saquillo, y en esto podéis ver la falsedad de la reliquia de mi monasterio y de la historia que hace ya varios años os relate, ruego que me perdonéis y roguéis por mi alma cuando os deje ,os aseguro que no fue mi ego lo que me condujo, si no la necesidad de dar un sentido a todo ,a tanto esfuerzo y sufrimiento, a tantos sueños sobre ese puñado de tierra, pues aunque no es de Tierra Santa, es una tierra santa mojada por el sudor , sangre y anhelos de nosotros mismos. Así lo vio el abad, que murió en paz y satisfecho en su lecho y así lo visteis todos, que nombrasteis a un pobre monje como yo el nuevo abad y que con la mayor humildad y sabiduría he tratado de dirigirnos. Este es el testimonio que, como os dije al principio quería dejaros, juzgad como sepáis y queráis, será el Señor el que diga la última palabra, mi conciencia está tranquila y mis huesos están cansados, me voy a acostar, que Dios acoja mi alma si no despierto mañana.

Laura


Los primeros rayos del alba entran por el ventanuco enrejado de mi celda, haciendo que las sombras de los barrotes se alarguen más y más, como cualquier otro día de mi cautiverio en manos del enemigo. Realmente solo soy consciente del amanecer y anochecer, ya perdí la cuenta de cuantas veces ha ocurrido esto, los días y las noches se suceden ante mí como gotas que caen del caño de una fuente, idénticamente iguales entre si en su cadente monotonía. Sin embargo tu siempre estas aquí, Laura, echada junto a mi mientras vas abriendo poco a poco los ojos, quitas tu cabello de mi cara somnolienta y me rodeas con tu brazo.
El rotundo eco de las pisadas resuena por los pasillos, los guardias empujan la rutina de cada día. La puerta se abre y salgo con la pesadez y somnolencia habitual encontrándome en el pasillo con el resto de mis compañeros prisioneros, todos tan iguales y tan distintos al mismo tiempo. Hace mucho que olvidamos quienes somos y de que nos conocemos, quizá por el aislamiento al que nos someten, o quizá porque en realidad ya no nos importemos en un intento de salvaguardar algo de la esencia de cada uno en su más profundo ser.
En fila nos conducen al comedor donde nos dan esa bazofia cargada de venenos para mantenernos en ese estado de sumisa estupidez, siempre trato de evitarla pero nos vigilan continuamente y esta muy penada la desobediencia. No es que tu cocina fuera la mejor Laura pero al menos era” baja en hidratos de carbono y grasas”, como tú decías después de que protestara.
Parece que hoy tengo especialmente dedicada una sesión, me conducen a las salas de tortura donde los batas blancas intentan exprimir más y más mi seca memoria, aunque nunca podrán desterrarte de ella, Laura, es lo único que me mantiene vivo. Preguntas, luz,descarga,luz,preguntas,agua,preguntas,luz,descarga,preguntas,...al fin terminó...me arrastran a mi celda y me tumban en el catre...necesito descansar...
Me despierto.....cuando las horas caminan muertas dentro de una celda solo queda despertar la imaginación, así las manchas de la pared se convierten en obras surrealistas, los ruidos apagados y monótonos juntos forman una extraña melodía, los acontecimientos pasados se reviven una y otra vez de modo que acabas viéndolos como una película de la que solo eres el espectador, las conversaciones que teníamos siempre acababan en la comisura de tu sonrisa irónica e inteligente.
Nuevamente comida emponzoñada pero esta vez me dirijo al patio...quizás hoy reciba mi encargo especial. Merodeo por allí mientras la tarda transcurre y el sol empieza a declinar...pero noto un susurro a mi espalda...
-¡Eh!...Montano, tengo tu encargo, te lo paso por atrás, ¿OK?...muy bien....de parte de “Napoleón” gracias por el favor, ya estáis en paz....hasta otra ocasión....
Al fin tengo la llave que me da la libertad, el arma que permitirá mi huida, mi cautiverio llega a su fin. No podría soportarlo más, solo si tú no existieras podría morir aquí, aunque mi auténtica prisión eres tú…Me dirijo al pabellón médico, nadie notará mi ausencia hasta que metan a todos en sus celdas, si es necesario mataré a quien se interponga y huiré en el camión de desperdicios. Por fin recuperaré la libertad que tú me robaste, pronto la recuperaremos los dos, para siempre...

En otra parte del complejo...
-Buenas tardes Dr. Jiménez, parece que vamos a tener temporal esta noche.
-Hola, ¿cómo está Dr. Dávila?, parece que si y eso afecta de una manera negativa a los internos.
-Por cierto, ¿como va su paciente?, el Sr. Montano, me comentaron que padecía una paranoia adquirida durante su cautiverio en manos del enemigo por la cual sigue creyendo que lo está, ¿es así?
-Sí, así es, su largo cautiverio creo una realidad uniforme y continua en el tiempo, todo por mantener su refugio particular en su mente creado a raíz de su encierro, sobre todo personificado en la figura de su antigua novia, una tal Laura , que por cierto ha rehecho su vida.
-Un caso complejo Dr. Jiménez ¿qué terapia sigue?
-Tratamos de hacerle ver que esa realidad que ha creado es falsa y que tiene que reconocerse, autoafirmarse y crear de nuevo su propia vida, para lo cual la figura de Laura debe desparecer.
-Espero que tenga éxito por él, Dr. Jiménez.
-Todos lo deseamos, Dr. Dávila, entremos en el pabellón sanitario, la noche se está poniendo mala.

Una calurosa noche de verano


Andrés bajó de la oficina y dirigió lenta y pesadamente sus pasos a casa. El sol lanzaba sus últimos rayos rojizos sobre la ciudad pugnando con las alargadas sombras que reptaban invadiendo cada uno de sus rincones. Era uno de los meses de Agosto más calurosos que podía recordar, la mayoría de los vecinos habían huido de la selva de hormigón y acero buscando refugio y descanso lo más lejos que sus bolsillos les permitieran, pero él tenía que penar en galeras para recuperar horas perdidas de trabajo. Había sido uno de los años más nefastos de su vida, su matrimonio había fracasado tras solo dos años de convivencia, pero lo más triste es que no hubo una causa clara para ello, el calor fue muriendo lenta, silenciosa, inexorablemente hasta llegar un momento en que eran perfectos conocidos extraños lo cual convirtió la situación en insoportable finalizando en una amarga ruptura. La cabeza de Andrés centrifugaba ideas confusas, ¿qué fue lo que hizo mal?, ¿o fue lo que no hizo?, ¿fue en realidad el matrimonio lo que lo estropeó todo? ,¿pudo haber sido el final menos doloroso? .Si al menos hubieran existido razones claras le servirían como excusa salvavidas frente a la nada que amenazaba con devorar su alma.

En medio de esta tormenta de pensamientos llegó al portal de su casa, la noche ya se había echado encima aliviando la ciudad del calor sofocante y dejando un ambiente de palpitante soledad. Era un edificio antiguo en una vieja barriada, uno de esos lugares que parecían haberse congelado en una época en que la gente deseaba vivir más la vida de su vecino que la suya propia y no aislada y atrincherada como actualmente. Entró y llamó al ascensor, un viejo cacharro que al subir y bajar separaba la piel de los órganos internos. Unas cuantas vueltas de llave y se dejo caer sobre el viejo sillón que había llevado a todas partes. Por fin pudo respirar en aquel piso alquilado, mirando por la ventana el singular panorama de una ciudad desierta en verano. En algunos pisos había luz dejando entrever la particular tragicomedia de la vida de sus inquilinos. A través de un gran ventanal podía ver una familia cenando, la madre luchaba por que sus hijos comieran mientras el padre miraba atentamente la televisión. Tal escena recordó a Andrés que tenia que cenar algo pero antes fue a ducharse. El agua fría se llevó parte de su asfixia pero algo seguía dejándolo sin aire y sin ganas de tomarlo. Abrió un plato precocinado y se sentó a cenar en el sillón para seguir observando por la ventana. Tras las cortinas de otra ventana se transparentaba la esbelta silueta de una mujer que se estaba cambiando de ropa, podía distinguir las cerradas curvas y el sinuoso diseño, su sensualidad y misterio, pero mas que excitación sintió una punzada de soledad y vacío. En ese momento una serie de ruidos le sacaron de sus sensaciones, escucho más atentamente...parecía que venían del piso de al lado, se dirigió a la habitación que pegaba con la de su vecina, por lo que sabía una señora viuda algo entrada en edad...una serie de voces de hombre y mujer y golpeteos inundaban toda la habitación. Parecía que su vecina había encontrado compañía esa noche, lo que faltaba para hacer su existencia más insoportable. Decidió alejarse lo más posible de esa habitación, fue al salón y abrió la ventana, un enjambre de luces fantasmales había invadido toda la ciudad, las calles estaban perfectamente alumbradas pero apenas pasaba gente por ellas. Bajo la luz de una farola a la que desesperadamente acudían nubes de insectos una pareja conversaba acariciándose mutuamente, era como si ellos fueran los únicos protagonistas de la función del mundo a los que un foco iluminara y destacara .Mas allá se oía un grupo de crios corretear y jugar felices por tener tanto espacio y poderlo hacer a horas tan tardías. Otra vez ruidos desde la habitación de la vecina, esta vez parecía un desgarro profundo de una voz femenina, parece que esa noche habían decidido acabar con las pocas ganas de vida que le quedaban, se dirigió al dormitorio y golpeteó con rabia la pared. La respuesta fue un silencio sepulcral, parecía que sus golpes habían tenido el efecto deseado y la pareja había decido no seguir atormentándole quizás por vergüenza, quizás por que el cansancio pudo con ellos. Andrés se tumbo en la cama, su cuerpo parecía lo más pesado del mundo, algo que jamás podría levantar y conducir de nuevo a la rutina diaria, su mente estaba cansada pero curiosamente le era imposible dormir, constantemente recordaba su cara...sus manos...sus ojos...que ya nunca besaría, acariciaría y miraría. Sacó con asco las pastillas del cajón y se tomó unas cuantas, puede que demasiadas, pero realmente ya no le importaba mucho. Un sueño pegajoso, pesado y antinatural se fue apoderando de él hasta que finalmente quedo dormido.


Un ruido taladraba sus oídos, el despertador se desgañitaba por sacarle de ese pozo negro en que se sumergió al acostarse. Atontado se levantó y lo apagó, miró la hora y una alarma mecánica creada por la rutina saltó al ver que tenía muy poco tiempo para llegar a la oficina. Apresuradamente se vistió, aseó y cogiendo una tostada salió por la puerta encontrando fuera un espectáculo de lo más inusual. Una multitud estaba en el piso rodeando la puerta de su vecina, acercándose vio que la policía estaba precintando la puerta. Un señor alto, calvo y con bigote se acercó a él presentándose como inspector, sorprendido le preguntó que es lo que estaba pasando. Con gran estupefacción se enteró que anoche alguien entró en el piso de su vecina, la atacó violentamente acabando con su vida y huyó llevándose todo cuanto pudo. Tras las rutinarias preguntas del inspector dirigió lenta y pesadamente sus pasos a la oficina .El sol volvía a barnizar toda la ciudad con sus rayos notando que seria otro día muy caluroso, pero esta vez Andrés no sintió agobio, pues volvería a sentir otra calurosa noche de verano.

FIN